Arquitectur 015:

Actos de transgresión.

La ciudad de Quito no ha dejado de expandirse. Los barrios dormitorio del Distrito Metropolitano siguen brotando cada vez más lejos del arrinconado casco urbano. Ante esta realidad, la mayoría de proyectos de vivienda llevados a cabo por estudios de arquitectura de pequeña y mediana escala se realizan precisamente en esta creciente periferia. Generalmente se trata de proyectos de viviendas unifamiliares donde los arquitectos tienen la libertad de producir resultados interesantes experimentando con materiales, sistemas constructivos y una que otra idea creativa. Sin embargo, estos proyectos raramente tienen la responsabilidad de responder al entorno urbano en que se encuentran. Son en esencia pequeñas islas, generalmente rodeadas de áreas verdes, encerradas entre altos muros adornados con cercas eléctricas que hacen evidente su incapacidad para influir en la construcción de la ciudad. Buena arquitectura puertas adentro.

Mientras tanto, en el casco urbano de Quito, son las grandes inmobiliarias las que se han chantado al hombro el trabajo de construir la mayoría de la nueva oferta de vivienda. Al punto que se ha vuelto habitual observar, en varias obras siendo construidas simultáneamente, el mismo llamativo logo. Las dos obras visitadas en este arquitectur, a pesar de su diferencia en escala, destacan en este sentido no solo por ser proyectos de vivienda para la ciudad, sino porque se desarrollan además, en el centro histórico. Un centro histórico que en las últimas décadas ha sufrido tratando de consolidar una oferta de vivienda que complemente sus usos comerciales y turísticos.

La dificultad de la movilización, la inseguridad y las duras normas que rigen cualquier intervención en este patrimonio cultural de la humanidad, han hecho que en el imaginario de la clase media quiteña, habitar el centro histórico no presente el mismo atractivo que sectores como la Carolina, la Floresta o la Gonzales Suarez. Y sin embargo, como veremos a continuación, entre todas las dificultades aparecen también raras oportunidades al alcance de arquitectos -o creadores de espacios- con la voluntad y la paciencia necesaria y con intereses particulares respecto a cómo se puede habitar este espacio de la ciudad.

La primera obra que visitamos, de hecho, pertenece a una familia que tuvo claro su propósito de habitar el centro desde que regresaron de Buenos Aires. Después de buscar y buscar posibles opciones para su nueva casa, el Aquiles, la Betina, el Amaru y la Chicha se decidieron por un edificio esquinero con un almacén de electrodomésticos en planta baja donde, curiosamente, también se venden motos. Para acceder a Un Bosque del Aquiles, entramos por un corredor estrecho y oscuro que remata en unas gradas desgastadas por donde se nos condujo hasta la terraza. Una vez ahí, y con una vista privilegiada del centro histórico, se nos dio la introducción al proyecto, se organizaron los grupos y nos pidieron respetar dos reglas importantes para poder visitarlo: sacarse los zapatos y orinar sentados. Una vez que todo estuvo claro, volvimos a bajar por las gradas hasta una puerta de entrada que deja claro desde el principio, que se está por entrar a un mundo diferente. Al cruzar esa puerta se abrió ante nosotros un gran espacio abierto y bien iluminado donde la crudeza del hormigón y del ladrillo contrasta con la precisión y limpieza del acero y la madera. Queda clara entonces, la intención explicada por el Aquiles de explorar el espacio a través de botar -a martillazos seguramente- todo lo que ahí existía.

Quedaron en pie solo las columnas, los troncos del bosque, que sirven como los apoyos de las vigas de acero que terminan organizando y construyendo el espacio. Este espacio no tiene ni un solo ángulo de 90 grados, el mesón de la cocina, los libreros viga, la tina en la mitad de la sala (o tal vez era el comedor, el espacio de juego o el estudio) los muebles viga, los armarios y los lavabos viga… todo siempre en diagonal. El estricto apego al concepto de bosque se vuelve evidente en el gran espacio neutro, en la completa ausencia de espacios cerrados -y por lo tanto de puertas y paredes-, en el limitado número de materiales usados, en uno de los troncos que quedó en toda la mitad del espacio y, rayando en una especie de obsesión, en la tubería de desagüe del piso de arriba que se puede ver -y oír- desde el cuarto principal. Obsesión que muchos clientes no perdonarían al diseñador, después de la tercera descarga del inodoro en la mitad de la noche.

Este experimento espacial seguramente no se podría haber dado en otro lado que no sea este raro edificio en el centro histórico que pertenece, casi en su totalidad, a una sola familia. Tirar todo lo existente sería solo el inicio de la puesta a prueba de la paciencia de los vecinos. Todos los escombros fueron sacados por las ventanas por donde luego entrarían las grandes planchas de acero con las que se armaron las vigas. Quien ha estado en una obra se podrá imaginar el agudo ruido del armado de las vigas que consistió en cortar, con amoladora, las grandes planchas para luego ser soldadas en sus diferentes formas y tamaños. Vino luego la apropiación del ducto de luz del edificio para convertirlo en patio exterior del departamento. Todas estas acciones tienen cierto grado de transgresión. Transgresión que parece ser necesaria para lograr reemplazar la memoria de lo que alguna vez fue ese departamento, por este nuevo bosque metálico.

Al final del recorrido se llega experimentar una cierta anacronía al salir del bosque hacia las gradas, que descienden hasta el corredor oscuro y que remata finalmente en una de las típicas esquinas del centro histórico.  Desde allí nos dirigimos, a pie, cosa rara en los arquitecturs, a la segunda obra.

Durante todo ese recorrido, el Conjunto la Tola de MCM+A visible en la colina del parque Itchimbía, nos marcaba el camino. La imponencia del bloque de hormigón y tejuelo visto desde la calle Oriente contrastaría luego con el estrecho ingreso de la calle Los Ríos por el que accedimos a otro corredor, esta vez bien iluminado, que remata en un acogedor y bien cuidado jardín. Encima del corredor, parecía asomarse un departamento alejado del resto de bloques resuelto como un zaguán. De la explicación que se nos dio en el protegido jardín resaltan dos hechos importantes que influyeron en la adjudicación del proyecto a los arquitectos: el respeto en el diseño del conjunto con las preexistencias del lugar, evidente en la calidad espacial del espacio donde nos encontrábamos; y la valiente decisión de los arquitectos de diseñar el conjunto ocupando solamente el 80% del COS permitido, brindando al proyecto más áreas verdes y más permeabilidad al suelo que el resto de propuestas presentadas en el concurso inicial. Otra acción transgresora, esta vez ante la lógica tradicional de los proyectos de bienes raíces donde el espacio construido es directamente proporcional a la ganancia del inversionista. Luego de los arquitectos, nos habló el promotor del proyecto. Fernando Soto nos contó acerca del concurso de ideas de donde nació el conjunto que veíamos ante nosotros, de los criterios de evaluación para las propuestas, de la -no- factibilidad económica del proyecto y de la socialización del diseño a los vecinos del barrios mediante talleres y actividades como escalada y cine llevadas a cabo en el lote vacío donde hoy se asienta el conjunto.

El recorrido del proyecto fue siempre en subida, el terreno complicado donde se asienta el proyecto seguramente terminó contándoles un par de canas a los arquitectos. Sin embargo, la creativa solución de terrazas y niveles también les permitió ganar dos subsuelos habitables al usar la normativa a su favor. Las llamativas cubiertas inclinadas con terminado de tejuelo también nacieron de moverse entre la normativa que rige el centro. De ahí salió, seguramente, la siguiente decisión de usarlo del mismo modo en el terminado de las fachadas y en la parte inferior de las cubiertas (haciendo necesaria la utilización de dos losetas distintas para poder sostenerlo) que le dan la distintiva apariencia al proyecto. Durante el recorrido pudimos acceder a tres departamentos distintos, en todos ellos, la distribución y el diseño interior terminaron siendo opacados por la imponente vista al centro que se llevó todos los elogios. El recorrido terminó, 45 metros por encima de donde empezó, en la calle Valparaíso con una fachada metálica semitransparente que acoge vegetación y que permite la relación visual con el barrio.

Para terminar, en otra terraza con vista privilegiada, nos reunimos a la ronda de crítica y preguntas. Del proyecto del Aquiles se habló casi como reconociendo que todos los arquitectos ahí presentes, estudiamos por las puras. Al parecer, la sistematización de una idea para ser convertida en espacio de forma clara y metódica, puede ser tranquilamente llevada a cabo por un psicólogo con un par de semestres de estudio en sociología (Y bueno, algunos años de experiencia en varios campos del diseño, además la Betina es arquitecta aunque su rol en el proyecto no quedó del todo claro) En cambio, del proyecto donde nos encontrábamos llamó la atención lo poco se habló del interior del mismo. La calidad espacial, la cantidad de jardines y espacios de reunión en las distintas terrazas, la vista lograda desde cada uno de los departamentos, la personalización de cada departamento respondiendo a los deseos de los clientes sin perder la coherencia del conjunto, el jardín comunal con las edificaciones conservadas y restauradas, el meticuloso acabado de los materiales… todo fue dejado de lado por una preocupación generalizada: la relación del conjunto con el barrio la Tola.

El contraste entre la apertura del lote a los vecinos en la concepción del proyecto frente a la resolución final del mismo, donde los cuidados espacios interiores quedaron disponibles únicamente para quienes pagaron por adquirir uno de los departamentos, sorprendió a más de uno de los presentes. Seguramente en otro tipo de proyecto inmobiliario este tipo de preocupaciones por el impacto social y urbano de un conjunto habitacional no hubieran sido tan debatidas. Sin embargo, el carácter y las preocupaciones urbanas de los promotores del proyecto, el hecho de estar implantado en un barrio tradicional del centro histórico, de que se logra, con acciones que transgreden las lógicas comerciales, tener varios espacios comunales verdes; y sobre todo, la particularidad de invitar a los vecinos a usar ese espacio antes de ser construido, para luego quedar aislados del mismo… dejó la impresión de que el proyecto tuvo desde el inicio el potencial -no concluido- de ser llevado hasta sus más radicales consecuencias.

Como contrapeso en este debate, en todo caso, destacó la participación de una de las residentes del conjunto, que hizo una acotación como recordándonos a todos que la arquitectura no tiene porque ser estática, que no tenemos porqué asumir que la construcción está terminada y que no se la puede modificar en el futuro. Al parecer el proyecto, por sus características logísticas y espaciales, ha logrado crear una incipiente comunidad entre sus residentes. Quedó abierta la posibilidad de que sean ellos quienes, esta vez, boten a martillazos el polémico muro que separa el proyecto de la icónica escalinata a la Valparaíso.

Finalmente se habló también de gentrificación, la preocupación de que el barrio la Tola se convierta en La Floresta. En este caso, no obstante, las conclusiones no fueron claras. Cabe destacar que ambos proyectos son exitosos (guardando la distancia de escala) en su más básica condición de ser islas de vivienda en un centro histórico que claramente la necesita. Vivienda de calidad además, lograda con acciones transgresoras que desafían normas, tradiciones y lógicas comerciales. Quedó clavada la espinita de que esas misma transgresión podía -y puede y seguramente debe- ser utilizada y replicada hacia afuera, compartiendo la buena arquitectura que se hace puertas adentro, al resto de la ciudad.

Jose de la Torre

Las tres esperanzas y la apología de lo comunal

En 1977, Ernesto Sábato dio una entrevista brillante en el programa de televisión española “A fondo” que recogía conversaciones con los más prominentes escritores del siglo pasado. Entre varios comentarios potentes (como decir que los astrónomos son neuróticos irremediables o como decir que hacer revolución en Latinoamérica desde Europa es una tontería) Sábato toca un tema curiosamente relacionado al libro que presenta Al Borde. Tiene el mismo sabor a esperanza.

El escritor sostiene que la mitificación de la ciencia sucedida a lo largo del siglo XX ha reducido al hombre a un engranaje, un hombre cosificado, alienado de su propia naturaleza. Y esto sucede en las dos posiciones antagonistas de la época, tanto en el supercolectivismo del flanco ruso como en el supercapitalismo de los Estados Unidos; el hombre ha sacrificado su integridad para formar parte de una maquinaria más grande que precisa de seres incompletos.

Sábato sugiere que la solución está en lo que llama comunitarismo. La comunidad como patria a la escala del hombre, donde se garantiza la integración de lo mental y lo manual, lo racional y lo irracional. La comunidad como garantía del hombre íntegro, “el hombre de nombre y apellido que padece las tribulaciones de su comunidad”. Es interesante cómo esta última frase, aparentemente trivial, esconde una verdad terrible y sigilosa que perdura, desde hace mucho, en nosotros. No vivimos en comunidad no solo porque no somos íntegros, sino porque somos frontalmente indolentes. Es el precio que pagamos por vivir en grandes ciudades, en pequeñas cajas de concreto, siempre con ruido, siempre con prisa: el anonimato, la no-pertenencia.

Creo que el libro de las “Las Tres Esperanzas” es de algún modo una arremetida inconsciente (por alguna razón, a Al Borde no le gusta o no sabe muy bien cómo definir lo que hace. Y esto le viene bien al libro) contra esta indolencia y desintegración. Y no lo digo solamente en la dimensión del libro, sino del proyecto mismo. Un trabajo de más de diez años, construido en la marcha y con decenas de personas de toda índole involucradas. Yo mismo fui a cortar, transportar y clavar latillas[1] sin tener la menor idea de qué cosa son. Y es que cualquiera que haya tenido al menos un pequeño acercamiento al proyecto de Las Tres Esperanzas se enfrentó a la dinámica chocante de trabajar en comunidad: la incomodidad de sentirse abiertamente inútil y muchas veces torpe (¿cuántos de ustedes, queridos lectores, saben hacer café en horno manaba[2]en menos de treinta minutos?) a la dificultad de llegar a acuerdos, a la predisposición necesarísima de aceptar los defectos propios, las fortalezas del otro (aunque esto signifique aceptar que un niño de 8 años maneja mejor algunas herramientas que un arquitecto graduado) para un bien común. Es un trabajo dificil y sospechosamente ineficiente, pero volveremos a esto más adelante.

El libro funciona del mismo modo que el proyecto, es un conjunto de fortalezas sumadas para compensar las debilidades. Una carta honesta y directa del profe Felipe, la mirada atenta del Jose que educa desde una trinchera que no le convence demasiado, la visión aguda de un académico que devela el papel oculto del neoliberalismo en el oficio del arquitecto, la crítica necesaria del papel de la mujer en una comunidad que corre el riesgo de romantizarse como ideal, el despiece obsesivo de una arquitectura que no nació del papel, la reivindicación de la artesanía y sus defectos, la fotografía como testigo de un proceso sinuoso. Todos aportes sensibles, diversos, heterogéneos. Tal como fueron Las Tres Esperanzas.

Naturalmente, el lector se puede preguntar con justicia ¿para qué despiezar en dibujos una serie de edificios que ya están hechos y que además se construyen en la marcha? ¿para qué hablar de educación en un librito que involucra a una escuela minúscula en la costa del Ecuador? ¿para qué entender el rol de la mujer en una comunidad de unas pocas familias? El problema no son las preguntas, sino el utilitarismo escondido en el para qué, que mide el valor de algo estrictamente en términos de ganancia. Capitalismo rancio: ¿es eficiente? ¿es pagable? ¿hay ganancia?

Eficiencia, eficiencia, eficiencia. El mismo Sábato responde al para qué en una conversación que sucede más o menos así:

-          Señor Sábato, Los Kibbutz en Israel son un gran ejemplo del comunitarismo que defiende. Sin embargo ¿sabía usted que los zapatos que fabrican cuestan 4 veces más de lo que cuestan fuera?

-          ¿Y a usted quién le dijo que los zapatos de los Kibbutz debían ser más baratos? Los Kibbutz no sirven para hacer zapatos más baratos, sirven para hacer mejores hombres.

Es muy probable que proyectos como este no sean eficientes, no sirvan para hacer gran cantidad de dinero y sean difíciles de pensar y ejecutar. Pero si estoy seguro de que sirven para hacernos mejores arquitectos y seres humanos.

 


[1] Si quiere saber qué es una latilla, le recomiendo llevar el librito.

[2] También en el librito, Marie Combette nos regala un dibujo a detalle un horno manaba. Aunque ella se imagina haciendo un gâteau en lugar de café.

ARQUITECTUR 014: BAÑITOS EN TRIPLEX Y CASA ENTRE ÁRBOLES

LECCIONES IMPORTANTES NO PUBLICABLES

Cualquier arquitecto novicio se encontrará con dos sorpresas al momento de publicar un proyecto. Por un lado, se entiende que las fotografías son más importantes de lo que deberían, que toman mucho tiempo y que se fabrican con un sofisticado lente convexo que cuesta más que el kit fotográfico completo de un mortal. Por otra parte, se entiende -no sin sospecha- que uno puede publicar más o menos lo que le da la gana. A diferencia de los artículos científicos, en la mayoría de casos, los proyectos de arquitectura no se filtran a través de un comité que corrobora que lo que se diga es coherente, completo y veraz. Es suficiente con armar un paquete de fotos y textos que en la jerga publicitaria se denomina como press-kit. De modo que, nosotros los arquitectos, publicamos proyectos con discursos llenos de jardines conectores, ejes de articulación, barras de servicio y otras tautologías que no se entienden claramente, pero si que suenan bien.  El arquitecto novicio entenderá que, en buena medida, somos publicistas y que en los proyectos se verá lo que queramos que se vea. Más o menos como los comerciales de dentífricos que muestran a la familia caucásica disfrutando de un sabroso pavo en el día de acción de gracias, pero nunca se ve a nadie escupiendo en el lavabo.

En contraposición a esta tendencia utilitaria y muchas veces pobre de contenido, se impone el Arquitectur, un formato de divulgación de proyectos donde se visita una obra nueva y se discute con los autores sobre su experiencia de primera mano. Las ventajas son evidentes: se puede ver el pavo, la familia y todos los escupitajos en el lavabo.

Este arquitectur comenzó con un proyecto del estudio ERDC, llamado Bañitos en triplex. La locación no es dificil de imaginar: una finca enorme y lujosa en el valle. Esas donde se gradúan los colegiales ricos y luego aparecen luciendo trajes raros en la sección “Sociedad” de la revista Vistazo. Tiene césped de estadio hasta en los parqueaderos. El encargo es diseñar un pequeño bloque de baños justo al lado de la casa principal, a manera de soporte para las actividades que se llevan a cabo en el exterior.

El bloque es prácticamente una estructura de madera de triplex combinada con cuartones de ciprés cuando es necesario. Parte de los tableros de triplex están dispuestos de tal modo que funcionan como paredes de los cubículos de baño y como tensores inferiores de las cerchas de la cubierta. Se piensa el proyecto como una estructura de cerchas que resuelve también la distribución espacial. A la estructura se le añade un juego de paredes perimetrales para cerrar el espacio, una pared central divisoria y teja industrial en la cubierta. Estas paredes son las únicas en contacto con el suelo, dado que los tableros de triplex se soportan exclusivamente en las cerchas y estas en columnas perimetrales. El resultado son unos bañitos de 40 m2, dignos de una finca aniñada, baratitos (310 dólares el metro cuadrado, según ERDC), eficientes y, sobre todo, fáciles de baldear. Sin embargo, lo más hermoso de todo, no se ve: los bañitos no debieron ser lo que son. Solamente después de un proceso de diseño de dos años, después del diseño estructural terminado (ingeniero incluido) y un proyecto de baños con unas señoras bóvedas de ladrillo; los dueños deciden que el proyecto se debe hacer, si o si, en madera.

:O

Imagino que los arquitectos sintieron esa parálisis fría que se siente cuando se manda cualquier cosa, de canto, en el fondo del escusado. Sea como fuere, tuvieron que hacer lo necesario y adaptaron todo el diseño en un tiempo récord de dos días. Un diita por cada año, siendo concretos. Según ERDC, el ingeniero aún no les odia y hasta le dio su bendición al nuevo diseño en madera.

Algunas preguntas. ¿En qué circunstancias se justifica un estudio de ingeniería para un bloque de baños de menos de 50m2? ¿Cómo asimilar un proyecto saboteado por una petición tardía de los dueños? ¿Vale la pena el esfuerzo? A veces comprendo el desdén general con el que algunos ingenieros miran a los proyectos menores de los arquitectos (sean bañitos, oficinitas, cuartitos o parrillitas). A veces parece que tienen razón. Parece incomprensible y hasta contraproducente invertir tanto en algo tan pequeño. No parece buen negocio.

Evidentemente no es buen negocio y por eso la explicación no se puede reducir a términos prácticos. Proyectos como los bañitos en triplex (aparentemente menores, pequeños, sencillos) justifican los recursos invertidos, el tiempo y el esfuerzo en un simple y llano cariño al trabajo. Si no lo creen, pregunten cuánto tiempo le toma al arquitecto novicio diseñar la terraza de sus padres. En la mayoría de casos, esa es su verdadera tesis de grado. Bien por ERDC que, a pesar de todo, hacen unos baños con el mismo cariño del recién graduado.

Casi se me olvida otra buena historia. Los dueños decidieron poner baldosas con vetas caquis encima de lo que debía ser un nobilísimo hormigón visto. A los arquitectos les importó un pepino. Dijeron y cito “hasta quedó mejor que lo que habíamos planeado”.

Para el segundo proyecto fuimos a Cumbayá, donde se ubica la Casa entre Árboles de El Sindicato Arquitectura. El recorrido comenzó en una calle no muy amplia que se dividía en una fila de casas en un lado y unos silos de buena pinta justo en frente. La apariencia de las casas tenía algo de falso lujo: patios con césped bien cortado rodeados de grandes muros de cristal que remataban en grandes muros blancos y uno que otro adorno de piedra cara o madera rústica con barniz. Por momentos parecía bien justificado el eufemismo triste de Cumbayork. Menos mal, la Casa entre Árboles no se veía así. La verdad es que no se veía ni así ni de ninguna forma. Es posible que se deba a la magnitud de las casas de la calle, pero, de algún modo, el proyecto de El Sindicato Arquitectura tiene la virtud de pasar desapercibido. El primer encuentro con la casa se da en un patio con un par de árboles grandes, unos jardines bien mantenidos, algunos senderos pequeños y un estanque justo a un lado del ingreso. La prolijidad en la disposición y orden de los jardines sugiere que alguien que sabe de plantas estuvo involucrado en el proceso, la vegetación comenzaba a tener cierto protagonismo sutil. De cualquier forma, detrás de este primer patio externo, se levanta la casa en un solo nivel. El frente se cierra casi totalmente a través una serie de paredes de bahareque que rematan en un muro alto de piedra vista en un costado. Las paredes están divididas a través de una retícula rectangular de madera que sirve de subestructura del bahareque y de modulación para las mamparas que se dejan ver poco desde el exterior. Es evidente que lo más importante está hacia el interior y desde ahí se comprende todo. Así que entramos.

La casa entre árboles se piensa como una vivienda para una persona adulta que vive sola y busca sencillez y paz. La cliente es un familiar cercano a uno de los arquitectos, por lo que no es dificil comprender las necesidades que se deben solventar. El proyecto es una casita de algo menos de 200m2, resuelta en una sola planta y con cubiertas de madera. Hasta aquí podemos pensar que es una casa genérica típica de -los que fueron- los sectores rurales alrededor de Quito. Pero no. El mérito del proyecto se puede sintetizar en dos palabras claves: patio y artesanía.

Desde el ingreso sobresale un patio central, es suficientemente grande para albergar dos árboles altos que cubren parcialmente una cómoda sala exterior que se organiza por debajo. El patio se cierra a través de una mampara perimetral que se modula del mismo modo que el bahareque de la fachada exterior. En el interior se entiende que todas las paredes son módulos iguales de bahareque o vidrio. En el interior de la casa, una rampa de pendiente ligera rodea a todo el patio, formando el recorrido principal para conectar todo el resto de áreas de la casa. Las dimensiones del espacio, la vista a la sala exterior y el color permanente de la madera me recuerdan a la Casa-taller de Francisco Ursúa. Tiene un cierto aire de galería, de algún modo se sobreentiende que en ese lugar hay que caminar despacio.

De modo que caminamos despacio hacia las otras habitaciones y ahí fue cuando ocurrió la sorpresa: cada espacio tiene su propio patio interno. La habitación principal, la habitación de visitas y hasta el baño social tiene un patio que varia no solo en tamaño sino en el tipo de vegetación que contiene. Uno es minúsculo y apenas caben las plantas y la puerta de ingreso, otro tiene una lavandería exterior de piedra y otro conforma una auténtica vista idílica al jardín desde la ducha (otro guiño que seguro le haría feliz al Francisco). No pude evitar pensar que la casa recuerda a esos ambiciosos proyectos estudiantiles que se ven tan bien en láminas pero que nunca se hacen, porque la arquitectura de las láminas no es la arquitectura que se construye. Felizmente este proyecto es una excepción y podría ser un buen referente local para enseñar a los arquitectos novicios que sí se puede hacer.

Por supuesto, para hacer, hay que hablar de factibilidad y la factibilidad de este proyecto se cimenta en una sola cosa: la artesanía. Para hacer una casa con paredes de bahareque, carpintería de madera y patios y jardines heterogéneos, se necesita un cuidado especial. En este caso, uno de los arquitectos se mudó, literalmente, al lado de la casa para controlar la construcción de cerca. Hay que aceptar con firmeza que no todos los arquitectos y mucho menos los constructores tienen la capacidad -o la gana- de hacer una cosa del género. Tampoco parece buen negocio. Sin embargo, este cuidado en la construcción se hace evidente en pequeños detalles que podrían pasar desapercibidos: la unión de los pisos de madera y hormigón, los alambres tensados que funcionan como interruptores de lámparas en el techo o los pequeños pedazos de vidrios que cierran los huecos entre las cubiertas alzadas y la estructura de madera. Y los jardines no son excepción: las áreas verdes fueron diseñadas por una bióloga/paisajista que utilizó un tratamiento especial, así como tipos de plantas específicas para cada jardín. El Sindicato Arquitectura sostuvo con seguridad que, sin la participación de Nina (la bióloga/paisajista), los jardines no hubiesen tenido el protagonismo que tienen en el proyecto.

En este punto, el lector de esta crítica se preguntará con justicia sobre algunas consideraciones obvias del proyecto. Algunas de estas dudas fueron discutidas en la ronda de preguntas al final de la visita, por lo que me permito escribir un par de ellas, las que considero pertinentes.

¿Por qué no se llama Casa entre Patios? Los nombres que los arquitectos dan a sus proyectos son siempre polémicos. Podemos decir que las normas de copyright entre colegas del oficio son mucho más severas que las que reza la ley de propiedad intelectual. Además, “Casa entre árboles” suena casi igual de bien, entonces, digamos que no hay problema.

¿Los jardines son difíciles de mantener? ¿Una persona sola podría? Los jardines no solo están diseñados de forma eficiente para que las plantas perduren con bajo mantenimiento; sino que, siendo honestos, cualquier matorral improvisado que crezca en uno de esos jardines no le va a restar ningún crédito.

Por supuesto, además de estas preguntas, se discutieron otros asuntos en la ronda final. Se barajaron preguntas sobre la sostenibilidad en la construcción, los recursos renovables, trato justo a los empleados, etc. Son asuntos que, si bien son importantes, no resultan pertinentes en esta pequeña crónica, sobre todo porque son cuestiones que van más allá de los proyectos visitados, por lo que los vamos a obviar. Lo que no vamos a obviar es un comentario espontáneo entre algunos participantes mientras cerrábamos la visita: la Casa entre Árboles es muy dificil de fotografiar debido a sus espacios pequeños, sin posibilidad de las grandes perspectivas abiertas tan populares en la fotografía de arquitectura. Sea una bendición o una maldición para El Sindicato Arquitectura, sin duda es una buena noticia para el Arquitectur, porque es un proyecto que difícilmente se puede comprender a fondo si no se hace una visita en sitio. Siguiendo esa lógica ¿se puede comprender un proyecto a fondo sin una visita? ¿se pueden reinventar las lógicas de divulgación de proyectos para que su comprensión sea, digamos, más honesta? ¿tiene sentido evidenciar los errores en los proyectos, sabiendo que es un suicidio publicitario? ¿se debe repensar los criterios de valoración de la buena y mala arquitectura?

Todas son preguntas sin respuesta fácil. Peor inmediata. Pero, eso sí, al menos por ahora, podemos conformarnos con el Arquitectur.

 

Por Santiago Granda

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